No al gregarismo

Todos nosotros estamos convencidos de que pensamos por nosotros mismos y así lo afirmamos cuando nos preguntan. Sin embargo, nos basta un pequeño problema, una mínima cuestión que exija algo de pensamiento genuino para darnos cuenta de que pensar es para nosotros un ejercicio tan duro como remar en las galeras. …Y es así, porque no estamos acostumbrados a pensar sino que funcionamos con pensamientos adquiridos de terceros. Nuestras capacidades están tan oxidadas que nos es más fácil asumir lo que nos viene de fuera que poner en funcionamiento nuestro cerebro. De esta forma, asumimos casi por ósmosis el pensamiento “ambiental” que nos rodea, sea mediático – TV, cine, radio, Internet, ..-, o sea de nuestros vecinos o compañeros. Y lo asumimos como si fuera nuestro, sin someterlo siquiera al más mínimo análisis crítico.   

Esto lo saben muy bien los medios de comunicación y lo utilizan aquellos que están interesados en colarnos un sistema de pensamiento o unas ideas concretas. Para ello nos bombardean continuamente con una serie de imágenes y noticias cuyo fin es que nos parezca normal lo que la sana razón despreciaría.

Además como hoy en día vivimos de impresiones y sensaciones, y no de convicciones, esto es tan fácil como colar un gol en una portería sin portero

Los inventos tecnológicos, maravillosos en sí mismos, han contribuído de hecho a despersonalizarnos Al disminuir nuestro poder de observación, al aminorar nuestra reflexión, nos hace superficiales, frívolos y, al mismo tiempo, débiles de carácter, blandos de voluntad, inconstantes, incapaces de un esfuerzo serio.

Por otra parte la prolongación de los estudios y las facilidades de la vida que hoy encontramos desde niños, nos estancan durante muchos años en cierta inmadurez, nos desarman la voluntad, nos hacen abúlicos, inconstantes, ‘pasotas’. Nos inmolamos al bienestar, o a la estructura avasalladora que dictatorialmente se impone. (Forja de hombres).

 El cultivo de la reflexión es indispensable para formarnos como hombres  y mujeres que desarrollen ambiciosamente su personalidad, potencien y enriquezcan ese yo íntimo, peculiar y característico que Dios da a cada uno.

Menospreciar esta formación del pensamiento es hacer marionetas, no forjar hombres. La pedagogía que lo pierda de vista es una pedagogía fracasada. Fabrica gregarios, no forma hombres.

 Miedo al ridículo

La palanca más eficaz que nos hace cambiar de opinión o no manifestar nuestras ideas es el miedo al ridículo. Las etiquetas o san benitos que se cuelgan a aquel que es diferente o que se manifiesta diferente nos hacen ver que en nuestra sociedad existe un interés no confesado de que las opiniones y  pensamientos personales no se manifiesten. De esa forma el resto podrá campar por sus respetos y al que no comulgue con ello se le tildará de retrogrado, no progresista y otras lindezas por el estilo.

Por eso, nunca pierdas tiempo pensando si eres avanzado o retrógrado, progresista o inmovilista, si te comprenden o no, si eres actual o estás desfasado. No te entretengas en disquisiciones pueriles que conducen a la esterilidad. Preocúpate sólo de ser tú mismo. No te traiciones en nada. Sólo así serás libre, salvarás a los demás, serás fecundo. Tenemos que tener el valor de ser nosotros mismos, de existir personalmente, de no ser simple emanación del entorno. El joven, como pasta maleable, se adapta automáticamente al recipiente que lo contiene. Sin necesidad de que se le hable mucho, se adaptará al medio en que vive, se dejará asimilar, se fusionará con él.

Formarnos como hombres  o mujeres de una personalidad definida, es exigencia ineludible del momento histórico que nos ha tocado vivir. Tenemos que ser hombres y mujeres consecuentes. ….debemos rechazar la fácil condescendencia con el conformismo ideológico y práctico de la cultura‑ambiente, y la cobarde sugerencia de que para ser moderno es necesario comportarse como los demás»[1].

La asignatura más importante              Reírse de uno mismo                Serás un hombre

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